Dentro de las demoradas
aprobaciones de las leyes globalmente conocidas como “anticorrupción”, se
destaca la de Extinción de Dominio. Afecta directamente al motivo que impulsa a
funcionarios malversar recursos del Estado: enriquecerse rápida e ilícitamente.
Demasiadas veces, con la complicidad de empresarios, poder judicial y fuerzas
de seguridad. Por la impunidad, hemos sido acostumbrados a que no existen delincuentes
políticos, sino perseguidos políticos. Las consecuencias son la pobreza, y mala
calidad en la prestación de servicios públicos indelegables, como educación,
salud, seguridad y asistencia social.
La extinción de dominio tiene amplia
jurisprudencia y probado éxito en varios países, incluidos latinoamericanos. Crea
un marco legal para que el Estado pueda resarcirse en tiempo razonable de los
perjuicios económicos, recuperando bienes de
origen ilícito, sin necesidad de una condena previa del o los individuos
acusados. Según se redacte la ley, posibilitará además aplicar los fondos
decomisados a obras esenciales, como hospitales y escuelas. Es importante legislar
destinos específicos de repercusión social, y no a programas administrativos de
títulos ampulosos, que terminan diluidos en la burocracia.
Aprobada por amplia mayoría en la
Cámara de Diputados, la ley ingresó al Senado en el mes de junio. Desde
entonces, las demoras e intentos dilatorios en su tratamiento, deberían preocupar
a la sociedad. El actual gobierno no tiene mayoría legislativa para imponer
proyectos, lo que es positivo, porque obliga generar consensos amplios para
instrumentar leyes transformadoras. Es de esperar que el declamado espíritu de
consenso, no se utilice una vez más para continuar protegiendo y favoreciendo
la impunidad. Para evitarlo, debemos exigir transparencia en la información del
proceso legislativo, y rechazar excusas banales, como que el kirchnerismo se
niega a tratar la ley. Sea en el trabajo en Comisiones y/o votación en el
recinto, se debe conocer que legisladores se oponen o demoran su tratamiento,
sean kirchneristas, del Pro, o cualquier otro sector político. El periodismo
por su parte, podría requerir a los entusiastas legisladores habituales
participantes en programas de opinión y redes sociales, con afirmaciones en
general irrelevantes o subjetivas, que informen sobre sus tareas legislativas
en general, y contra la corrupción en particular.
Posiblemente, por apuro
proveniente de la indignación pública ante impúdicos casos de corrupción
exhibidos este año, la ley aprobada en Diputados adolezca de fallas. En tal
sentido, los senadores poseen medios y estructuras necesarias para perfeccionarla,
recurriendo al asesoramiento de reconocidos especialistas en los campos del
derecho penal, civil y constitucional, en conexión con la extinción de dominio.
La ley deberá ser lo más taxativa posible, sin puntos débiles o contradictorios,
para permitan capciosas interpretaciones para que las defensas de los acusados
y jueces predispuestos “negocien” impunidades, planteando
inconstitucionalidades. Una licuación de los efectos ejecutivos de la ley, es
intentada por quienes proponen que el decomiso se realice vía penal, y no
civil.
Ejemplifiquemos la importancia
social de la extinción de dominio, a través de un juego de opciones. Qué es
conveniente para la sociedad: darse por satisfecha con el ex Secretario de
Obras Públicas José López preso, en forma preventiva y sin condena, o que los 9
millones de dólares que el funcionario adjudicara “a la política”, se decomisen
cuanto antes para construir un hospital? Si la opción elegida es la segunda,
sepamos que existen fuertes presiones políticas contra su aprobación inicialmente,
o para diluir su eficacia, como última alternativa.
Los entretenidos espectáculos mediáticos
de tramitaciones judiciales con altos funcionarios políticos implicados, nos
pueden hacer pensar que existe justicia; pero los delitos solo se exhiben, no
se sancionan. Excepcionalmente, se llega a un juicio oral y público con eventuales condenas,
y posteriores extensas apelaciones. Pero recuperar el dinero público mal habido,
jamás.
Buenos Aires, 19 de octubre 2016
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