Los términos absolutos, definidos
asépticamente en los diccionarios, pueden variar su significado cuando se
analizan emisores, contextos y objetivos. Gritar “ladrones” a funcionarios,
puede ser una expresión indignada de sus víctimas, o partir de quienes se enriquecieron
desde el Estado y una vez desplazados, pretenden coaccionar para negociar
libertades y mantener patrimonios. En un año en el que se renovarán
parcialmente diputados y senadores, las estrategias electorales intentarán
suplir el aporte enriquecedor de las ideas con el abuso de términos absolutos. El
contexto político colabora, por la presencia de dos factores: 1) la renovación
legislativa en cuanto a nombres no será tal, debido a un sistema electoral
restrictivo que pone en cabeza de los “jefes” de cada espacio el armado de
listas sábana, sin evitar por ello pujas, enojos y traspasos entre quienes
desean mantener sus bancas (casi todos), o acceder a las mismas desde el llano
(demasiados); 2) el resultado electoral no modificará la condición de minoría
legislativa del oficialismo.
Esta inevitable continuidad de viejos
actores políticos, nos brinda una oportunidad. En lo inmediato, juzgar con suficientes
antecedentes las virtudes y defectos de quienes encabezarán las listas. En el
mediano plazo, incrementar la presión ciudadana para reformar un sistema
electoral plagado de vicios destinados a evitar rotaciones en los niveles de
representación pública, permitiendo las prolongadas permanencias. Esta realidad
genera un desafío extra a los publicistas y consultores responsables del
marketing político, en especial en lo referido a la construcción de imagen de los
candidatos. Tema que no es nuevo en la
historia. Hace ya más de 500 años, aconsejaba Maquiavelo al príncipe: “Los hombres en general, juzgan más por los
ojos que por las manos, porque todos pueden ver, pero pocos tocar. Todos ven lo
que pareces ser, mas pocos saben lo que eres”.
Cierto es que los avances
tecnológicos de la comunicación, caracterizados por la masividad, velocidad y
simultaneidad, exigen adecuar metodologías. Las redes sociales por ejemplo,
simulan una sensación de mayor cercanía ciudadano-candidato, que no es tal. Para
usarlos, los políticos utilizan un grupo de personas que usan frases breves y trilladas
que opinan pero no informan. Y en muchos casos, propagar informaciones falsas. Un
caso interesante para evaluar el impacto sobre la imagen y las estrategias que
se emplearán para minimizar daños, es el de Daniel Scioli. Todo político y su
equipo planifican qué, cuándo y cómo comunicar. Sin embargo, quizás sea
sociológicamente más didáctico, porque es aplicable a los políticos en general,
mensurar si entre quienes tienen una valoración negativa de Scioli, predomina su gestión pública como gobernador
provincial durante ocho años, o sus anteriores y reciente actitud privada de
pareja.
La desaparición de partidos tradicionales
consolidados que aporten respaldo estructural e ideológico sustentado en el
tiempo, hace habitual que cada dos años las listas se integren con entrecruzamientos
que oscilan entre aciertos y burdos oportunismos. En estas circunstancias el
factor diferenciador, que no debe ser confundido con el concepto “grieta”,
parecería ser inevitable: oficialismo u oposición. Ello no debiera resignarnos a
ser receptores pasivos y emotivos ante el bombardeo mediático. Más aún, cuando
se elegirán legisladores, responsables de establecer las normativas legales a
las que se deben ajustar los poderes ejecutivo y judicial. Deberemos evitar
entonces que los candidatos persistan en la cómoda postura de sustituir el
cumplimiento de sus obligaciones específicas, por la de comentaristas críticos
de los otros poderes. Cuyos vicios, por otra parte, se originan precisamente en
la inacción y/o ineptitud legislativa (sanciones penales, régimen de excarcelaciones,
incompatibilidades públicas, recientemente la polémica por la aplicación del 2
x 1 en las penas, etc.).
En la transmisión del discurso
político, los medios de comunicación desempeñan un determinante rol como nexo
entre candidato y ciudadano. En nuestro país no sufrimos el monopolio de
opinión, característico de sistemas totalitarios. Pero esta libertad, virtuosa
en lo global, brinda dos posibilidades en lo particular. Puede ser usada para
informar o para desinformar. Como receptores pasivos carentes de “información
privilegiada”, podremos diferenciar entre verdades y engaños? Veremos que no es
difícil.
Miércoles, 17 de mayo 2017
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