La permanencia de las mismas
clases dirigentes desde hace más de dos décadas, inevitablemente arroja las
mismas consecuencias. La principal, que explica la involución del país y
consolidación de la pobreza, ha sido la desaforada corrupción estatal-privada, sin
consecuencias penales ni políticas. El acceso al poder de una nueva fuerza ajena
al cada vez menos monopólico justicialismo, debiera activar nuestro espíritu
crítico antes que fervores emocionales, para no repetir frustraciones. Ello
exige exponer las contradicciones u omisiones de viejos discursos falaces y
encubridores.
El más incoherente, porque lo
critican los mismos que lo generan, es el referido al déficit fiscal, que surge
cuando un gobierno gasta más que lo que recauda. Superados ciertos niveles de déficit,
se hace necesario financiarlo contrayendo deuda. Ante planteos de reducirlo, voceros
beneficiarios lanzan el clásico diagnóstico oportunista y cínico: el costo lo
pagarán los que menos tienen, con
bajos salarios y despidos de personal. Temor inicialmente justificado, porque
es lo que ha sucedido históricamente. Pero lo que no plantean políticos y economistas
supuestamente en las antípodas, como Dujovne, Kicillof, Pitrola, Lavagna o
Loustau entre otros, es que la reducción del déficit lo absorban los que más tienen, sean
funcionarios, sindicalistas o empresarios, responsables además de su existencia.
Un breve comentario respecto a la estructura del Estado, que merecerá un
análisis más profundo. Para hacerla eficiente, el primer paso se debería basar
en el principio democrático de igualdad de oportunidades, dejando de subsidiar salarialmente
a quienes no cumplen tareas específicas y horarios de trabajo, hacen de las
falsas licencias médicas una práctica, y desde el poder político ejercen un
nepotismo desaforado cubriendo cargos públicos con familiares.
Pero lo más importante es
destacar el meollo del problema, que nadie menciona con nombres y apellidos. Consiste
en derivar sin control multimillonarios fondos públicos a empresas privadas o
cooperativas, bajo los encubridores objetivos de consolidar el desarrollo
industrial y crear fuentes de trabajo. Los resultados fueron monumentales déficits
fiscales, con créditos estatales irrecuperables. Recordemos el vaciamiento
sufrido por el desaparecido Banco Nacional de Desarrollo, creado en 1971 y
liquidado en 1993, con pérdidas de 5.700 millones de dólares por créditos
otorgados a empresarios asociados al poder político. A ello se suma la
recurrente estatización parcial de deudas en dólares a privados, la última de
las cuales se realizó en el año 2002. Estos ejemplos dan
por tierra con clásicas definiciones en cuanto a roles de los actores
económicos. Empresario es quien combina capital propio de riesgo y trabajo,
para producir bienes y/o servicios que ofertados al mercado le produzca ganancias.
El sindicalismo tiene por fin asociar a trabajadores del rubro para defender
sus intereses ante empleadores y gobierno. Por último, el gobierno establece
políticas de desarrollo, marcos impositivos y vela por el cumplimiento de las
leyes. Nuestros habituales casos de corrupción muestran que no existe capital
de riesgo; que los sindicalistas no protegen las fuentes de trabajo ni vigilan
los aportes patronales, y que funcionarios públicos venales se asocian al vaciamiento
de empresas.
Tres ejemplos recientes ilustran
sobre el origen de enormes déficits fiscales. 1) Oil Combustibles de Cristóbal López, evadió tan solo en impuestos a
los combustibles, de los que era agente de retención, 8.000 millones de pesos.
2) Sancor, cuyo presidente es
Gustavo Ferrero, adeuda a la AFIP más de 2.000 millones de pesos, además de aportes
patronales, con el silencio de Héctor Ponce, secretario del gremio Atilra. 3) OCA, presidida por Patricio Farcuh,
adeuda a la AFIP 3.200 millones de pesos, más aportes patronales, sin que Pablo
Moyano, del gremio Camioneros, reaccionara en tiempo y forma. Pese a estos
antecedentes, empresarios y sindicalistas responsables no se inmutan. Bajo la
amenaza de dejar un tendal de despidos y crisis sociales que ellos mismos
generaron, pretenden que el gobierno acuda una vez más con recursos públicos al
rescate de sus negociados, incrementando el déficit fiscal. El gobierno deberá
encontrar necesariamente soluciones para los genuinos trabajadores, pero con
una salvedad: que las ayudas no se canalicen a través de los mismos empresarios
y sindicalistas que llevaron a las empresas al estado de quiebra. Ello no solo sería
suicida, sino lo haría sospechoso de complicidad. Solo en los ejemplos
mencionados, el Estado ha sido defraudado en más de 13.200 millones de pesos.
Para concluir, definamos
brevemente a las víctimas de estos manejos. Son pobres los que carecen de los
ingresos mínimos necesarios para vivir dignamente.
Buenos Aires, 03 de mayo 2017
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