La novela policial tiene dos
escenarios básicos: 1) delitos penales cometidos en ámbitos privados. El
desafío consiste en descubrir al o los asesinos, que suelen ser los menos
sospechados. En círculos de clases altas, por ejemplo, el culpable solía ser el
mayordomo. 2) delitos penales cometidos en el Estado en perjuicio de sus recursos.
Los sospechosos son funcionarios que eventualmente cuentan con apoyo de
estructuras de choque (corrupción estatal), o bien estructuras criminales con
complicidades políticas (mafias). Nuestra novela refiere al campo estatal con corrupción
política estructural, con complicidades judiciales, empresariales y sindicales.
La precaución legal de dejar constancia que “cualquier coincidencia con la
realidad es pura casualidad” es innecesaria, pues los personajes son públicamente
reconocibles. El escritor griego Petros Márkaris, autor de la serie del policía
Kostas Jaritos en una Grecia azotada por una grave crisis, señalaba: “El gran
éxito de la novela policial en las últimas décadas, se debe a que es la novela
social y política de nuestro tiempo”.
Descubrir a nuestros culpables entre
un sinnúmero de sospechosos, implica partir de hipótesis investigativas claras,
que establezcan motivo del delito, metodología para llevarlo a cabo, y técnicas
de defensa de los implicados. En ámbitos privados el motivo puede ser el
dinero, la venganza o la reacción pasional. Ejercido en forma individual
o por bandas organizadas, suele ser violento y con víctimas fatales. En escenarios
políticos el motivo es uno solo: dinero. El delito debe adecuarse a estructuras
administrativas, que incluyen partícipes necesarios en los distintos circuitos
de gestión, cuyo nivel jerárquico varía según la envergadura económica del
robo. Cuando la corrupción es estructural
con consecuencias en el tejido social, intervienen altos niveles jerárquicos, organismos
de control, sectores gremiales y empresas privadas asociadas y/o testaferros. Los
delitos públicos también tiene víctimas fatales: pobreza y marginalidad. El rol
del poder judicial cómplice es similar en ámbitos privados y públicos: asegurar
impunidad.
La espectacularidad de
actuaciones judiciales producidas a partir de la inolvidable filmación con el
ex secretario de Obras Públicas José López ocultando bolsos con nueve millones
de dólares en tierra santa, hace relevante analizar las técnicas de defensa
pública de los sospechosos y/o culpables. Las diferencias entre involucrados privados
y públicos no son de fondo, sino de léxico. En principio, unos y otros niegan
culpabilidad. Pero en el caso estatal, ante la existencia de varios sospechosos
en los circuitos burocráticos con distintos grados de vulnerabilidad, la
invocación de inocencia se escuda tras un barniz institucional, denunciando
persecución política. Ejemplo: el banquero Jorge Brito puede aducir inocencia;
el ex vicepresidente Boudou persecución política. Como los delitos cometidos
por funcionarios públicos en ejercicio de sus cargos son investigados y sancionados
por otros órganos del Estado, la expresión “persecución política” podría
aceptarse si se le agregara “de delitos comunes”. Pero en realidad, la frase
pretende mantener el nivel de complicidad política que permitió ejecutar el delito
primero, y lograr impunidad después. Por ejemplo, un acusado y/o detenido se
plantea porqué los fiscales y jueces que lo protegieron antes, son los que lo
encarcelan ahora.
Asimismo, los altos niveles
políticos por sí o por allegados, emiten mensajes públicos usualmente
crípticos, como se denominan a los destinados a pocas personas. Mezclan
amenazas (tengo cosas para decir), con acusaciones (traición, falta de
solidaridad), buscando recuperar la cobertura política perdida. Método que no
difiere de los mensajes amenazantes de la delincuencia común. En este juego
dialéctico, existe una característica habitual. Los “arrepentimientos” o
quebrantos se inician con los integrantes más débiles de las tramas. Tal los
casos de Fariña (Lázaro Báez), Vandenbroele (Ciccone y Formosa), y el
lamentablemente suicidado Delhon (Fútbol para Todos).
Para concluir, un nuevo concepto
de Petros Márkaris: “el Estado griego es la única mafia del mundo que consiguió
quebrar”.
Buenos Aires, 22 de noviembre
2017
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