En el programa televisivo
“Intratables” de la pasada semana, que conduce Santiago del Moro, el diputado
Felipe Solá expresó en forma acalorada que los medios de comunicación eran muy
“complacientes” con el actual gobierno. El escritor y periodista Ceferino Reato
aceptó esta observación, justificándola en que la gente tenía miedo “que
volviera Cristina”. Este contrapunto permite interesantes reflexiones alejada
de interesadas “grietas” que inhiban todo análisis. Supongamos que ambos están
convencidos de sus opiniones. Y que tienen razón.
Cambiemos, contra todos los
pronósticos, triunfó en diciembre de 2015 sobre un justicialismo que gobernó
ininterrumpidamente doce años, o catorce si incluimos el período Duhalde. Las
transiciones entre gobiernos han sido invariablemente traumáticas: 1989, 2001,
2003 (Duhalde adelantó la entrega de mando), y 2015. Esta última, producto quizás del triunfo de
una expresión política nueva sobre un histórico justicialismo que no
necesariamente es peronismo, incluyó la no entrega del bastón de mando de la
presidente saliente al entrante. Se “heredan” hiperinflaciones, defaults de
deudas, escasez de reservas, sistemas jubilatorios variados e inviables,
desocupación, pobreza, corrupción. Los responsables, impertérritos, piden “no
mirar atrás”. Asumido Macri, comenzó de
inmediato una campaña indisimuladamente
golpista cuyo símbolo era “el helicóptero”, como si el golpe institucional del
2001y la crisis del 2002 fueran motivo de orgullo. Personajes como Bonafini,
Espinosa, D Elía, Esteche, Carlotto, Cerruti, Mariotto y otros, eludieron
sutilezas: “Macri (no dicen Cambiemos), es la dictadura”. A la campaña verbal
se sumaron piqueteros del apriete, identificados por el uso de capuchas, remeras
y palos.
Sería injusto involucrar al
justicialismo con este colectivo demencial, porque los promotores estaban en
gran parte más interesados en mantener prebendas, patrimonios y libertades, que
en debates ideológicos. Pero lamentablemente opositores democráticos, como el
propio Solá, Stolbizer, Solanas, entre muchos, jamás condenaron este accionar.
El freno corrió por cuenta, una vez más, de una multitud silenciosa que se
autoconvocó el 01 de abril en defensa de la democracia, sorprendiendo a
propios y extraños. Muchos de los concurrentes posiblemente no habían votado a
Macri, ni lo votarán. Miedo a Cristina diría Reato. Pero es suficiente
fundamentar el resultado de una elección por un síndrome masivo de miedo? Y de
ser así, este miedo alcanzaría a los medios de comunicación, cuya complacencia
con el gobierno tanto preocupa a Solá?
Solá debiera recordar la similar
condescendencia que los mismos medios tradicionales que hoy critica, tuvieron
entre el 2003 y 2007 con el gobierno kirchnerista del que formó parte. Actitud que
fue responsable, atento a la cercana crisis 2001-2002. En un contexto económico
social complicado, y sin renunciar a la crítica y participación de todas las
voces en los debates, no merece el actual gobierno similar comprensión? La genérica “complacencia de la prensa” que
molesta a Solá, además de suponer una manipulación informativa desde el poder
que sería grave, pretende ignorar la
crítica pertinaz al gobierno de medios como C5N, Crónica, 360, Página 12,
Ámbito Financiero, entre otros. Bienvenida entonces la diversidad.
Respecto a Reato, su idea relacionada
con que mucha gente votó “con miedo a Cristina” tiene cierto asidero. Pero
cuidado con instalarla como eslógan, que fuera utilizado cuando años atrás se
votara “por miedo a Menem”, con los resultados conocidos: la trama de
corrupción se amplió y perfeccionó; los neoliberales pasaron a ser
progresistas; los menemistas transmutaron en kirchneristas; hay peronistas
Cambiemos y radicales K, y como colofón de “un país de novela” como dijera Marcos
Aguinis, Carlos Menem permanece como senador hasta con protección de la Corte,
porque en Argentina aunque se esté condenado, toda persona es inocente hasta
que no se pruebe lo contrario.
Cristina Kirchner deberá
responder por su enriquecimiento patrimonial. Pero en el resto de las
innumerables causas de corrupción, las responsabilidades deberán establecerse
desde abajo hacia arriba: directores, secretarios, ministros, empresarios
asociados, gremialistas, jueces, testaferros. No caigamos en la trampa de
“Cristina presa” como símbolo que disimule la acción coordinada de múltiples
saqueadores, y que dentro de veinte años Cristina permanezca en el Senado con
condenas, pero inocente hasta que no se pruebe lo contrario.
Buenos Aires, 15 de noviembre
2017
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