En derecho usufructo significa
utilizar una cosa ajena, con consentimiento de su dueño. En política se aplica
al uso de la memoria de personalidades trascendentes que no pueden brindar su consentimiento,
involucrándolos en intereses muy terrenales y espúreos. Pasa desde hace años con
Perón y Eva. Para minimizar a Perón, por ejemplo, se pretende otorgar a la
figura gris y obediente de Cámpora una histórica trascendencia. Recientemente,
como resultado del acuerdo interpartidario PRO-UCR-Coalición Cívica, en el
radicalismo le llegó el turno a Raúl Alfonsín.
En procesos preelectorales,
producto de la desaparición de los Partidos Justicialista y Radical como
intermediadores entre política y sociedad en todo el territorio nacional, estos
usufructos se potencian, pretendiendo encubrir la falta de compromisos
programáticos concretos y grandilocuencias vacías de contenido (liberal;
progresista; derecha; izquierda). Reemplazados como centros de debate las
unidades básicas y comités por reuniones en quinchos para una Clase Política Privilegiada,
se hizo habitual un grosero e indisimulado mercadeo para definir espacios de
poder, candidaturas para gobernaciones y cargos legislativos.
Este contexto explica porque en
el centenario partido radical, que pretende exhibir como mayor mérito la
“defensa irrenunciable de la institucionalidad”, un grupo de legisladores
“indignados”, con una enjundia digna de mejor causa, pretenden sabotear lo
resuelto en la Convención partidaria de Gualeguaychú, ejemplo casi prehistórico
de un debate abierto y participativo entre 350 representantes de todos los
distritos del país. Paradójicamente, el sabotaje intenta sustentarse invocando inexistentes
marcos ideológicos y la memoria de Raúl Alfonsín.
Se destacaron en el embate Ricardo
Alfonsín, Cobos, Gerardo Morales (Jujuy), Cano (Tucumán) y Naidenoff (Formosa),
quienes más allá de los resultados electorales mantendrán sus mandatos como
legisladores hasta el año 2017. Sus objeciones oscilaron entre la resistencia
al PRO, y la postura de extender el acuerdo al Frente Renovador de Massa, con
quien los tres últimos negociaron apoyos a sus candidaturas para gobernador en
sus provincias, cediendo en compensación legisladores al justicialismo. Especial
mención merecen dos de los indignados, que recorrieron todos los medios de
comunicación para boicotear lo decidido en Gualeguaychú: el senador correntino
Nito Artaza, y un señor de 36 años que hablaba en nombre de un nucleamiento
ignoto de jóvenes radicales. El senador
Artaza, que concluye su mandato en el Senado este año, tenía acordada con Massa su precandidatura
para renovarlo. Su actitud no difiere con lo que sucede actualmente entre
políticos de distintas agrupaciones, y que analizaremos cuando cierre el libro
de pases.
Distinto es el caso del “maduro
joven” desconocido. Resultó ser el yerno de Leopoldo Moreau, que a principio de
este mes percibió los honorarios por su prédica para socavar desde las entrañas
del Partido Radical todo intento de generar ante la sociedad una alternativa posible
de Gobierno. Fue designado al frente de una Subsecretaría por el gobierno justicialista-kirchnerista.
Los radicales, que no volvieron a
tener dirigentes de la talla de Raúl Alfonsín, están lejos de ser opción por sí
mismos. Pero es inadmisible que muchos de sus eternos dirigentes comercialicen
en su interés personal la sigla de radical, el nombre de Alfonsín y una
supuesta representatividad en votos, para con cargo en mano cruzar cualquier frontera en nombre de una falsa
comunión de ideas. Cabe preguntarse hasta cuándo estos dirigentes sufrirán el “síndrome Estocolmo”,
que solo les permite aliarse con rancios justicialistas que los desprecian, los
acusan de no saber gobernar, o los sabotean como hizo Carlos Alvarez,
funcionario de este gobierno desde hace años (secretario general de la Aladi),
cuando renunció como vicepresidente de la Alianza.
Para quienes se resistan a identificar
a la izquierda con funcionarios escandalosamente enriquecidos en la función
pública o empresarios asociados al Estado en fructíferos negociados, vaya un
recuerdo para un verdadero símbolo de la
izquierda latinoamericana recientemente fallecido: Eduardo Galeano. Admirado y
cuestionado, polémico, que sufrió el exilio, fue un intelectual pensante,
escritor, periodista, conviviente con lo popular y lo futbolero, cuyas convicciones
no admitían fanatismos ni sobornos prebendarios.
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