miércoles, 15 de abril de 2015

EL USUFRUCTO DE RAÚL ALFONSÍN

En derecho usufructo significa utilizar una cosa ajena, con consentimiento de su dueño. En política se aplica al uso de la memoria de personalidades trascendentes que no pueden brindar su consentimiento, involucrándolos en intereses muy terrenales y espúreos. Pasa desde hace años con Perón y Eva. Para minimizar a Perón, por ejemplo, se pretende otorgar a la figura gris y obediente de Cámpora una histórica trascendencia. Recientemente, como resultado del acuerdo interpartidario PRO-UCR-Coalición Cívica, en el radicalismo le llegó el turno a Raúl Alfonsín.

En procesos preelectorales, producto de la desaparición de los Partidos Justicialista y Radical como intermediadores entre política y sociedad en todo el territorio nacional, estos usufructos se potencian, pretendiendo encubrir la falta de compromisos programáticos concretos y grandilocuencias vacías de contenido (liberal; progresista; derecha; izquierda). Reemplazados como centros de debate las unidades básicas y comités por reuniones en quinchos para una Clase Política Privilegiada, se hizo habitual un grosero e indisimulado mercadeo para definir espacios de poder, candidaturas para gobernaciones y cargos legislativos.

Este contexto explica porque en el centenario partido radical, que pretende exhibir como mayor mérito la “defensa irrenunciable de la institucionalidad”, un grupo de legisladores “indignados”, con una enjundia digna de mejor causa, pretenden sabotear lo resuelto en la Convención partidaria de Gualeguaychú, ejemplo casi prehistórico de un debate abierto y participativo entre 350 representantes de todos los distritos del país. Paradójicamente, el sabotaje intenta sustentarse invocando inexistentes marcos ideológicos y la memoria de Raúl Alfonsín.

Se destacaron en el embate Ricardo Alfonsín, Cobos, Gerardo Morales (Jujuy), Cano (Tucumán) y Naidenoff (Formosa), quienes más allá de los resultados electorales mantendrán sus mandatos como legisladores hasta el año 2017. Sus objeciones oscilaron entre la resistencia al PRO, y la postura de extender el acuerdo al Frente Renovador de Massa, con quien los tres últimos negociaron apoyos a sus candidaturas para gobernador en sus provincias, cediendo en compensación legisladores al justicialismo. Especial mención merecen dos de los indignados, que recorrieron todos los medios de comunicación para boicotear lo decidido en Gualeguaychú: el senador correntino Nito Artaza, y un señor de 36 años que hablaba en nombre de un nucleamiento ignoto  de jóvenes radicales. El senador Artaza, que concluye su mandato en el Senado este año,  tenía acordada con Massa su precandidatura para renovarlo. Su actitud no difiere con lo que sucede actualmente entre políticos de distintas agrupaciones, y que analizaremos cuando cierre el libro de pases.

Distinto es el caso del “maduro joven” desconocido. Resultó ser el yerno de Leopoldo Moreau, que a principio de este mes percibió los honorarios por su prédica para socavar desde las entrañas del Partido Radical todo intento de generar ante la sociedad una alternativa posible de Gobierno. Fue designado al frente de una Subsecretaría por el gobierno justicialista-kirchnerista.

Los radicales, que no volvieron a tener dirigentes de la talla de Raúl Alfonsín, están lejos de ser opción por sí mismos. Pero es inadmisible que muchos de sus eternos dirigentes comercialicen en su interés personal la sigla de radical, el nombre de Alfonsín y una supuesta representatividad en votos, para con cargo en mano  cruzar cualquier frontera en nombre de una falsa comunión de ideas. Cabe preguntarse hasta cuándo estos  dirigentes sufrirán el “síndrome Estocolmo”, que solo les permite aliarse con rancios justicialistas que los desprecian, los acusan de no saber gobernar, o los sabotean como hizo Carlos Alvarez, funcionario de este gobierno desde hace años (secretario general de la Aladi), cuando renunció como vicepresidente de la Alianza.


Para quienes se resistan a identificar a la izquierda con funcionarios escandalosamente enriquecidos en la función pública o empresarios asociados al Estado en fructíferos negociados, vaya un recuerdo  para un verdadero símbolo de la izquierda latinoamericana recientemente fallecido: Eduardo Galeano. Admirado y cuestionado, polémico, que sufrió el exilio, fue un intelectual pensante, escritor, periodista, conviviente con lo popular y lo futbolero, cuyas convicciones no admitían fanatismos ni sobornos prebendarios. 

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