A más de tres meses de la
aparición sin vida del fiscal Nisman, dictaminar si lo asesinaron o se suicidó
pareciera ser irrelevante. La verdad quedó definitivamente borrada. En lugar de
brindar esclarecimiento, el entramado político-judicial sometió a la ciudadanía
a un alúd de acciones, operaciones públicas y opiniones, que oscilaron entre la
necedad, la impericia, el engaño y la obscenidad.
Pero la muerte de Nisman, más allá
de virtudes y vicios personales, tuvo como efecto no deseado trasladar a la luz
pública la enorme corrupción político- judicial, que desde hace más de 25 años se
mantiene inmutable en nuestro país. Con la complicidad, por acción u omisión y
bajo la falsa excusa de mayorías automáticas, del Poder Legislativo, en la tarea
de brindar barniz legal a cualquier instrumento y/o procedimiento que concentre
poder, desvirtúe instituciones democráticas, y licúe negociados. Este sólido y
perenne entramado de impunidad, no distingue entre neoliberalismos o
progresismos, derechas o izquierdas.
En el caso Nisman todos los
actores intervinientes pertenecen o son financiados por el Estado: el propio Nisman;
los principales acusados por su denuncia; el servicio de seguridad que debía
cuidarlo, encabezado por Berni; los que pisotearon en patota la escena de su
muerte; la fiscal Fein a cargo de la investigación; la jueza querellante Arroyo
Salgado; los servicios de inteligencia, determinados canales de televisión propagando
información enlatada por encubridores; y finalmente, un tropel de funcionarios
y legisladores que se cansaron de formular declaraciones superficiales y
contradictorias, suponiendo motivos, evaluando actuaciones judiciales, aconsejando
detenciones. El viejo recurso de desprestigiar al denunciante, vivo o muerto,
se aplicó sin piedad. A Nisman se lo atacó desde su presunta homosexualidad
hasta una supuesta condición de tigre con las mujeres; de ser “un turro” a
tener nexos con los fondos buitres. Entre tanto dislate, los expertos peritos
de la Corte y no los menos reconocidos peritos de la querella, disienten
absolutamente acerca de si Nisman se suicidó o lo mataron. La sociedad nunca
sabrá que sucedió con Nisman; pero asistió a un ejercicio de encubrimiento
coordinado de corto plazo de tal eficacia, que debería ser atentamente
estudiado en los cursos de los servicios de inteligencia.
A esta altura de los
acontecimientos pareciera insostenible pensar que tal pandemónium se pudiera
originar en el convenio que el Senado
aprobara el 21 de febrero de 2013 por 39 votos a favor y 31 en contra, para
crear conjuntamente con Irán una Comisión de la Verdad no prevista en las leyes
argentinas, destinada a definir responsabilidades por el atentado contra la
Amia en julio de 1994. Era obvio que el interés principal de los iraníes era el
levantamiento de las alertas rojas que pesaban sobre sus altos funcionarios, pero
ello no se concretó. Supuestos acuerdos comerciales podrían haberse manejado
por otras vías, sin mayores problemas. Por último, una posible investigación judicial
tendría que haber comenzado por el Canciller Timmerman y por los antecedentes
entregados por el Ejecutivo a los legisladores. Tampoco las víctimas de la
Amia, para nueva decepción de sus familiares, parecieran ser la principal
preocupación. Llama la atención que al agente de inteligencia Stiuso se lo haya
jubilado sin pedirle previamente detalles de lo actuado en el caso, y tardíamente
Parrilli anuncie su búsqueda para interrogarlo. Más insólito aún es que no se solicite
información a Canicoba Corral, el juez a cargo de la causa. Irresponsablemente
se desentendió del avance judicial, o hay algo más?
Todo lo expuesto hace suponer que
el caso Nisman se inserta dentro de la despiadada lucha a cara descubierta y
explícita iniciada hace más de un año, entre intereses corporativos políticos,
judiciales y empresarios asociados, para mantener a futuro la trama de
impunidad que proteja los enormes negociados y enriquecimientos ilícitos
desmesurados a costa de los recursos del Estado. Increíblemente, nada distinto
con lo que se especulara durante el primer juicio por el atentado encabezado
por el juez Galeano, hace más de 10 años. Al respecto, los candidatos Macri,
Massa y Scioli guardan un piadoso silencio, y siguiendo la estrategia de sus
asesores extranjeros, auguran que “lo mejor está por venir”.
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